martes, 8 de diciembre de 2009

Cabalgando la gran ola

Este fin de semana por fin he podido hacer algo distinto. Tras ver en mi empresa que los avances en mi proyecto eran los mismos cuando estaba trabajando 12 horas que cuando estaba el chimpancé con pistola que tenemos vigilando por las noches dentro de la sala de servidores, decidieron darme tres días libres seguidos con la excusa de que el viernes era fiesta nacional en Ghana, imagino que para que “Ubuntu” (el nombre del simio en cuestión) pueda trabajar tranquilo sin mi presencia.

En sólo una hora ya me tenía un plan, un viaje de tres días a una tranquila playa a la que tardamos en llegar unas 5 horas y 6 controles de policía, todos legalmente atravesados. Un pequeño hotel en la misma arena, a cinco metros del agua con la marea alta, unas vistas al pequeño pueblo pesquero de Busua y langosta en el menú, qué más se puede pedir. La playa, una larga franja de 4km de fina arena, tan fina que no había forma de quitársela después, con la mayor parte de ella rodeada de jungla espesa y amenazante. Al principio había algunos hoteles y resorts, pero andando un poco podías llegar a zonas donde estabas sólo a un kilómetro a la redonda, donde sólo veías a alguna mujer con una bandeja de plátanos en la cabeza y un niño a las espaldas. La única pega es que había zonas sucias, algo habitual por estos lares, la verdad, ya que nadie se molesta en limpiar, pero buscando una buena zona ni te dabas cuenta.

El punto sorpresa fue la presencia de una tienda de surf, donde alquilaban tablas y ofrecían clases. Obviamente no me pude negar a unirme al grupo de gente que cogió su tabla y se metió en el agua, a pesar de los dientes y mandíbulas de tiburón recién atrapado que vendían en el vecino puerto. No se me dio mal del todo. Con unas lecciones rápidas de un amigo del grupo experto surfero, conseguí mantenerme en equilibrio y coger olas un poco más grandes, con lo que me puedo dar por contento al cuando terminó el día. Al final, descansar flotando sobre la tabla viendo el sol esconderse entre la selva, balanceado por el viento y charlando con mis amigos sobre las olas del día.

Por desgracia todo se acaba, así que el domingo tocó volver a la cruda realidad. Otras cuatro horas y media, una rueda pinchada y el parachoques colgando por un bache en el camino y llegamos de nuevo a Accra, húmeda, ruidosa y maloliente, pero con la sensación de haber hecho algo molón y el recuerdo de mi primera ola. Y eso no es algo que tengas todos los días.

PD: ¡¡¡Prometo fotos en cuanto solucione los problemas técnicos!!!

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